Madres buscadoras ante la desaparición forzada: praxis de resistencia y
reconfiguración de la comunidad
Rafael Nolasco Ramírez*
Recepción: 30 de agosto de 2025
Aprobación: 30 de octubre de 2025
Resumen. Nolasco Ramírez, Rafael. Madres buscadoras ante la desaparición forzada: praxis de resistencia y reconfiguración de la comunidad. En este artículo analizo la desaparición forzada en México y la praxis de las madres buscadoras como resistencia y producción de comunidad. A partir de los enfoques de Achille Mbembe sobre necropolítica, Rita Segato sobre violencia expresiva, Carlos Casanova sobre la producción de lo común y Judith Butler sobre vulnerabilidad, examino cómo el régimen necropolítico fragmenta vínculos sociales y normaliza la deshumanización. Las madres buscadoras transforman el duelo en acción colectiva, convierten el dolor privado en lucha pública y construyen memoria activa que desafía el silencio y la impunidad. Su práctica encarna una fuerza política y creativa que abre posibilidades de reconstrucción comunitaria y modos alternativos de ser–con–otros, incluso en escenarios de violencia extrema.
Palabras clave: madres buscadoras, desaparición forzada, necropolítica, violencia, comunidad, resistencia, memoria.
Abstract. Nolasco Ramírez, Rafael. Searching Mothers’ Response to Enforced Disappearance: Praxis of Resistance and Reconfiguration of Community. In this article I analyze enforced disappearance in Mexico and the praxis of the mothers who search for their loved ones as a form of resistance and production of community. Drawing on a series of approaches proposed by different thinkers—Achille Mbembe’s necropolitics, Rita Segato’s expressive violence, Carlos Casanova’s production of the common, and Judith Butler’s vulnerability—I look at how the necropolitical regime shatters social ties and normalizes dehumanization. The searching mothers transform their grief into collective action, turn private sorrow into public struggle and construct active memory that challenges silence and impunity. Their practice embodies a creative political force that opens up possibilities for rebuilding community and imagining new ways of being-with-others, even in situations of extreme violence.
Key words: searching mothers, enforced disappearance, necropolitics, violence, community, resistance, memory.
* Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales por el iteso. Director del Centro de Estudios Críticos Latinoamericanos. nolasco_rafael@hotmail.com
En México la violencia ha dejado huellas profundas y dolorosas, desgarrando las tramas del tejido social en una creciente espiral de destrucción, crueldad y muerte. Desde 2006 la declaración de “guerra contra el narcotráfico” del presidente Felipe Calderón, además de servir como táctica para enfrentar el crimen organizado, se instrumentó como dispositivo para desarticular y fracturar las fuerzas colectivas de las comunidades y sus capacidades de organización y resistencia contra las acciones del Estado y del capital. La desaparición forzada se ha usado como herramienta para “sembrar terror en las comunidades”.1
Es decisivo precisar que este terror se alimenta de una doble violencia: la directa de los perpetradores y la indirecta del Estado. La desaparición forzada no se reduce a la acción de agentes estatales, sino que se configura plenamente por la aquiescencia estatal;2 es decir, cuando las autoridades, conocedoras de los hechos, omiten intervenir para impedir o sancionar a los particulares que los cometen, traduciendo su tolerancia en un consentimiento tácito que los hace cómplices. Frente a este vacío de poder, en el que la ley es sustituida por la impunidad, la sociedad se encuentra ante una disyuntiva: sucumbir al miedo u organizarse desde los escombros.
Es precisamente desde los escombros, en medio de ese terror y atravesadas por el dolor de la desaparición de algún miembro suyo, como emerge una fuerza inesperada: las madres buscadoras, impulsadas por el amor y la desesperación, han asumido la tarea de buscar a sus seres queridos desaparecidos. Esta búsqueda, más allá de representar un grito de justicia, se convierte en un acto de resistencia que trasciende la violencia y que se transforma en una práctica de resignificación comunitaria. En lugar de limitarse a ser un reclamo al Estado ante la impunidad, su praxis configura un espacio para el duelo compartido, la solidaridad, la empatía y el surgimiento de un nuevo sentido de pertenencia social, demostrando que, incluso en contextos de violencia extrema, es posible tejer redes para crear lo común, la comunidad, y desafiar las lógicas de destrucción del Estado y del capital.
Este ensayo explora cómo la acción de las madres buscadoras, al convertir su dolor en una búsqueda colectiva, nos permite ver otra faceta del dolor: más que sufrimiento, se advierte una potente afección que posibilita entender la comunidad no como algo dado y originario, ni como una meta a alcanzar, sino como prácticas de producción co–operativas de lo común. Al inspirarnos en la necropolítica de Achille Mbembe y Rita Segato, la producción de lo común de Carlos Casanova, así como la vulnerabilidad como condición para resistir con otros, de Judith Butler, analizaremos cómo estas mujeres resignifican su dolor y lo emplean para construir lazos que buscan justicia e instauran un horizonte de esperanza y cohesión social en un país desgarrado por la violencia. Este análisis ofrece una perspectiva para entender cómo los movimientos de madres buscadoras, al trascender el dolor individual, se convierten en agentes de transformación social, moldeando el sentido de comunidad en México, en medio de un contexto necropolítico.
Necropoder, la fractura comunitaria
La escalada vertiginosa de violencia que se ha dado en México desde 2006 parece no tener fin. La desaparición forzada es una de estas expresiones de la violencia que está viviendo el país, ante la cual ha llegado a una dolorosa cifra de 295,300 personas desaparecidas hasta 2024, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas de México (rnpdno). Jalisco, después del Estado de México, es la segunda entidad con el mayor número de desapariciones (22,277 personas).3 De este registro, más de 52 mil personas se encuentran sin identificar en los Servicios Médicos Forenses, según las cifras oficiales citadas por el informe del Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México
(mndm), en 2021.4 El elevado número de muertos sin identificar en los servicios forenses habla, sí, de una situación de violencia desbordada; pero también de una población atemorizada, así como de una crisis en las instituciones del Estado (como lo revela lo sucedido en Jalisco en 2018 con los “tráileres de la muerte”, que deambulaban por los municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara ante la incapacidad del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses para almacenar más de 827 cuerpos en la espera de ser identificados).5
Es claro que las cifras no logran dar cuenta de la situación tan devastadora que viven las personas atravesadas por la violencia en México; no obstante, nos permiten contar los cuerpos que no cuentan para el Estado ni para el capital, es decir, reclamar la importancia que les ha sido arrebatada, construyendo una narrativa que intente contar lo que no cuenta, lo incontable; aquello que rebasa lo inteligible desde, por ejemplo, la praxis de las madres buscadoras que desafían día a día las dinámicas de poder y exterminio, reconfigurando la resistencia y las formas de crear comunidad desde la vulnerabilidad, en este necroespacio en el que se ha convertido México. Por ello, el concepto de necropolítica, acuñado por el filósofo camerunés Achille Mbembe, nos ayuda a comprender y problematizar cómo la violencia y la desaparición forzada en nuestro país se han convertido en herramientas de control y dominación del pueblo mexicano. Mbembe describe la necropolítica como el poder soberano “de decidir quién puede vivir y quien debe morir”;6 así como la manera en que ciertas poblaciones se ven relegadas a mundos de muerte, en los que “numerosas poblaciones quedan sometidas a condiciones de existencia que les confieren el estatus de muertos–vivientes”.7 Son espacios en los que su existencia queda marcada por la violencia, la precariedad y la deshumanización. En el contexto de la desaparición forzada este poder se manifiesta en la capacidad de hacer “desaparecer” a individuos sin dejar rastro, negándoles incluso el derecho a ser llorados o recordados.8 En este sentido, las desapariciones, si bien representan una forma de violencia, es claro que también son una herramienta de control que pretende instaurar el miedo y la sumisión en las comunidades, imponiendo la sensación de que nadie está realmente seguro y de que el Estado y otros poderes tienen el derecho de decidir quién desaparece y quién permanece. Según Mbembe la necropolítica va más allá del acto de matar, pues también lo es de condenar a la población a una muerte lenta y a una existencia en la precariedad. En México la mayoría de las personas desaparecidas provienen de contextos de marginación, y sus desapariciones refuerzan su invisibilización dentro de la sociedad, lo que reafirma una jerarquía en la cual algunas vidas son percibidas como menos valiosas o, incluso, “desechables”.9 Frente a ello, las madres buscadoras encarnan una resistencia necropolítica: se rehúsan a aceptar la desaparición de sus seres queridos como algo “inevitable” y desafían directamente el poder que decide sobre la vida y la muerte.
Por otra parte, el movimiento de las madres buscadoras transforma la necropolítica en una oportunidad de repolitización de la memoria y la dignidad. Para Mbembe la necropolítica produce espacios de “muerte en vida”, en los que las víctimas y sus familias quedan en un estado de suspensión y negación de derechos.10 Al salir a buscar, identificar y honrar a sus hijas e hijos desaparecidos las madres buscadoras desafían ese estado de muerte simbólica impuesto sobre ellas/ellos, que los suma al largo conteo de desaparecidos que no cuentan, que no importan y que el Estado intenta borrar. Al visibilizar a las víctimas, las madres buscadoras no únicamente rescatan su memoria, además afirman su derecho a existir, a ser recordadas y, en última instancia, a ser reconocidas como sujetos de derechos. Así, el duelo y la memoria dejan de ser experiencias privadas y se convierten en actos de resistencia que cuestionan directamente la estructura necropolítica misma.
La necropolítica traza fronteras entre cuerpos “desechables” y cuerpos “protegidos” o “privilegiados”, instaurando una forma de ciudadanía diferenciada en la cual ciertos grupos quedan expuestos a la violencia, al olvido y a la desaparición. En México estos grupos corresponden, en su gran mayoría, a poblaciones empobrecidas y marginadas. Ante esta lógica de desechabilidad las madres buscadoras reivindican el valor de toda vida y rechazan que la desaparición y la muerte sean el destino inevitable de sus seres queridos y, por extensión, de sus comunidades. Este desafío tiene un impacto profundamente comunitario: al transformar el dolor y la pérdida en una acción colectiva, estas mujeres reconstituyen el tejido social dañado y afirman el derecho a la vida, la justicia y la verdad. En lugar de aceptar el rol de víctimas en un sistema necropolítico que pretende fragmentarlas y silenciarlas, crean redes de apoyo, organizan búsquedas y movilizaciones públicas, y convierten la exigencia de justicia en una práctica de resistencia. Así, su lucha no nada más enfrenta la desaparición, también contrarresta el efecto deshumanizador del régimen necropolítico.
Pese a lo anterior, como se ha insistido, la desaparición forzada y la violencia en México buscan controlar y disciplinar territorios y poblaciones, y también instauran una atmósfera de terror que cumple una función simbólica: comunicar poder, al mismo tiempo que fragmenta y destruye los lazos sociales. Por su parte, Rita Segato sostiene que la violencia no es únicamente instrumental —no se limita a obtener fines prácticos—, sino que aparte es expresiva: actúa como un lenguaje que transmite dominación, control y jerarquías; una gramática que produce reglas y mensajes no siempre evidentes, pero sí eficaces.11 En el caso de México la desaparición forzada opera como un medio para eliminar físicamente a una persona, al mismo tiempo que siembra el miedo y fractura las comunidades al enviar el mensaje de que nadie está a salvo y de que el tejido social puede ser destruido en cualquier momento.
La violencia expresiva de las desapariciones revela el poder del soberano de decidir sobre la vida de los otros y marcar su dominio en los cuerpos. “En un régimen de soberanía, algunos están destinados a la muerte para que en su cuerpo el poder del soberano grabe su marca; en este sentido, la muerte de estos elegidos para representar el drama de dominación es una muerte expresiva, no una muerte utilitaria”.12 Esta huella no recae únicamente sobre las víctimas desaparecidas, sino que se extiende a sus familias y comunidades. Tras la estruendosa expresión de la violencia, a través de la desaparición, suele instalarse un silencio, fruto del terror que vive una comunidad desgarrada por la crueldad, acompañado del vacío de información, la complicidad de las autoridades, la falta de justicia, la atmósfera de dolor, la desolación, la desesperanza y la impunidad. Este silencio no es casual, forma parte de la misma lógica del poder: es un recordatorio de la vulnerabilidad de las comunidades y de la capacidad que tienen los que ejercen esta violencia para operar al margen de la ley. Este tipo de violencia tiene como objetivo claro desintegrar las bases comunitarias, pues instaura la desconfianza, paraliza la acción colectiva y refuerza la sensación de inseguridad, fragilidad e impotencia.
Para Dawn Marie Paley lo que se vive en México no es propiamente una guerra contra las drogas, sino expresamente una guerra contra el pueblo; una cuyo objetivo es romper comunidades al despojarlas de su capacidad de producir lo común, de existir y resistir más allá del capitalismo.13 En este contexto las madres buscadoras se convierten en un movimiento que desafía directamente esta expresión de la guerra: al organizarse, compartir sus historias y salir a buscar a sus desaparecidos ellas rompen el silencio impuesto por los perpetradores y por el Estado. Transforman el mensaje de miedo en uno de resistencia, demostrando que, aun cuando la violencia busca desarticular los vínculos sociales, es posible reconfigurarlos desde la solidaridad y el duelo compartido. Como argumenta Silvia Federici,14 las mujeres son fundamentales en la reconstrucción del tejido social, pues tradicionalmente han operado con prácticas de cuidado y protección que las colocan en una posición central para transmitir la urgencia de cambiar la mirada hacia otro modo de reconfiguración comunitaria y resistir frente a los daños de la violencia del Estado y del capital. Avanzando en esta línea, Luciana Cadahia advierte que las prácticas de cuidado son trabajos de transformación social que posibilitan la creación de nuevos sentidos a la acción humana desde una clave emancipadora.15 Por ello no basta con identificar el cuidado con las mujeres: es necesario trascender esta esfera y contagiar a la humanidad para desactivar el régimen de violencia con la fuerza que las prácticas de cuidado posibilitan para imaginar y crear lo común.
Crear lo común, la resistencia ante el terror
Llegados hasta aquí, resulta pertinente pensar, de la mano del filósofo chileno Carlos Casanova, la cuestión de la producción de lo común, que él construye a partir de una relectura rigurosa de la obra de Marx. Para Casanova, Marx “habría partido no sólo de la igualdad, sino de la co–operación y del ser–común como condición de posibilidad para el desarrollo del trabajo y de la técnica”.16 Esta lectura revela una antropología material que no se agota en el ámbito de la re–producción, sino que también reconoce una potencia de auto–producción sensible. “La praxis marxiana define una vida —la vida humana— que es inseparable de la Potencia, es decir, define una vida en que las formas de ser, los actos y procesos singulares del vivir, no son nunca meramente hechos, sino siempre y sobre todo posibilidad, siempre y sobre todo un acto–de–potencia que interrumpe y transforma toda forma dada”.17 Esto nos permite pensar la potencia de la praxis de las madres buscadoras, quienes en cada uno de sus actos interrumpen la lógica de violencia y dominación, transformando la destrucción y desolación en la posibilidad de producir otra comunidad. “Poder–hacer y ser–con, potencia y comunidad, se identifican sin fisuras”,18 asegura Casanova. La praxis, lejos de agotarse en los marcos de interpretación de la economía política, expresa el ser–en–común del ser humano como posibilidad de su existencia.19 Su condición común tiene una potencia insondable porque interrumpe y transforma la captura que la maquinaria capitalista ha hecho de la fuerza productiva de lo común. Casanova afirma que la condición común “es lo que enviste al sujeto con una alteridad que lo sacude y lo entrega a una exterioridad imposible de clausurar dentro de la lógica de ‘consumación’ de una ‘Obra’ de comunidad”.20 En este plano la potencia de la praxis de las madres buscadoras no se encuentra en los procesos de identificación de un accionar colectivo, sino en la acción misma que pone en cuestión un sistema de lógicas de expropiación de lo común. La praxis colectiva neutraliza la lógica teleológica de producción y acumulación de terror y muerte, para dejarse afectar por la realidad y presencia vulnerable del nos–otros que impide la instauración de un telos. Sin embargo, con esto no estamos aseverando que las madres buscadoras representan el cumplimiento de un ideal, así como tampoco estamos prestos a ligar esto con un modelo de organización deseable, por el contrario, sostenemos que las madres buscadoras son, al igual que el proletariado para Casanova, el lugar vacío de una fractura; son “el cuerpo que exhibe y padece la herida de la humanidad, el daño de una fisura, de una partición entre la humanidad y la inhumanidad”;21 son los cuerpos desgarrados por el régimen necropolítico. Reiteramos: es un régimen que rompe las comunidades con la instauración de esta maquinaria de terror, anquilosando las posibilidades de organización social y resistencia a la expresión violenta del Estado y del capital.
Pese a lo dicho, Casanova también ofrece herramientas para pensar cómo las comunidades pueden reconstruirse desde el vacío, la fractura y la pérdida. En la medida en que la comunidad es algo creado y, por tanto, dinámico, las prácticas de resistencia como las de las madres buscadoras pueden interpretarse como acciones estético–materiales que reconstituyen los lazos sociales a través de la lucha, la memoria y el duelo colectivo. Cuando estas madres salen a buscar a sus desaparecidos, están generando acciones políticas y, al mismo tiempo, formas de producción comunitaria que desafían esa fragmentación impuesta por la violencia. Por ejemplo, buscar físicamente en fosas clandestinas, caminar juntas con fotografías de sus desaparecidos o realizar eventos públicos para recordar a las víctimas son más que sólo actos de denuncia, son también actos de creación comunitaria, de afección sensible. Estas acciones producen un espacio simbólico en el que las ausencias se transforman en presencias y en el que el dolor individual se convierte en un elemento compartido que rearticula las relaciones sociales, creando un sitio de reconocimiento mutuo y de resistencia colectiva; un espacio en el que se producen la sensibilidad y la capacidad de ser tocado por el dolor desgarrador de las familias afectadas.
La actividad práctico–sensible del ser humano con las cosas y con los otros es, ante todo, una producción histórica. Esta afirmación es decisiva, pues esa producción es la formación del conjunto de los sentidos del ser humano en tanto agente y “en tanto ‘objeto’ o producto histórico de esa misma actividad”. Casanova, citando a Marx, recuerda que “la formación de los cinco sentidos es un trabajo de toda la historia universal hasta ahora”,22 articulando, así, la sensibilidad, el trabajo y la producción con la dimensión histórica.
Las fuerzas y las capacidades humanas son simultáneamente de cada uno y de todos en común. Cada vez que un individuo piensa, produce, crea, siente, desea, actúa, etcétera, experimenta, a través de la praxis, la capacidad y fuerza de la potencia de una posibilidad en común. Esta posibilidad no es meramente su posibilidad, sino, aclara Casanova, “el espacio de apertura de una comunidad, de una comunicación de fuerzas”23 en la que el individuo puede porque ahí hay muchos. En su lectura de Marx este filósofo chileno advierte que, para el pensador alemán, representar el pensamiento, el sentimiento o la acción como una actividad separada y solitaria es tan absurdo como pensar que pudiese haber un solo individuo hablando un lenguaje que nadie más comprende. Esta cuestión nos permite profundizar en la fuerza configuradora de la subjetividad que está operando en estas lógicas de instauración del terror, en las que, además de ejecutarse un hecho violento, éste transforma el clima social implantando la desolación, el temor y el dolor que rompe los lazos comunitarios y fractura las redes de organización, cooperación y resistencia de las comunidades ante la fuerza expropiadora del Estado y del capital. El ejercicio del necropoder, que está creando necroterritorios en los cuales numerosas familias se hallan atravesadas por el dolor, es un espacio en el que se instaura una lógica de desarticulación de la capacidad comunitaria para oponerse al despojo. Lo cierto es que, ante este escenario, las madres buscadoras, así como otros colectivos y movimientos sociales, configuran con su praxis otras posibilidades de producción de lo común. Toda creación, como recuerda Casanova, es una co–creación. Estos movimientos van creando con su praxis nuevas posibilidades y, desde esta misma praxis, van creándose a sí mismos en su accionar con otros. “Cada vez que uno piensa, crea, imagina, etc., son muchos —un número innumerable— los que lo han hecho y lo hacen con uno”.24
Si bien las desapariciones fragmentan las comunidades, la capacidad rearticulatoria de las madres buscadoras revela desde la vulnerabilidad y el miedo la posibilidad de que nuevas formas de comunidad emerjan de las ruinas. Al resignificar su duelo y transformar la búsqueda en un acto colectivo estas mujeres muestran cómo es posible reconstruir los lazos rotos por la violencia y generar nuevas formas de relación basadas en la esperanza y la justicia. Su praxis no únicamente reclama esperanza y justicia, también crea la esperanza y la justicia en el páramo de la violencia. No hay ser común sin producción, pues ésta nos “abre de uno a uno, entre otros y otros”.25 No hay comunidad que no sea creada, y en toda praxis está implicado un hacer común y un hacer lo común. Como señala Casanova: “todo hacer es un acto responsable, es decir, que responde ante el otro y los otros a los que se debe nuestra acción”.26 Todo hacer es una apertura ante el otro y lo otro. Las madres buscadoras responden ante la ausencia de sus seres queridos, ante una comunidad convertida en necroterritorio, en espacios de exterminio; responden ante la complicidad y la impunidad de las autoridades; responden y accionan para buscar a los suyos y a los–suyos–de–otros, a quienes también han hecho suyos, en este com–partir, la ausencia y el dolor, pero también la fuerza de la esperanza. Responden para rescatar los cuerpos de los desaparecidos y devolverles una identidad, reconstituyendo a la vez el vínculo humano y el vínculo entre la comunidad y su territorio, enfrentándose a una violencia que ha convertido esos espacios en lugares de muerte y olvido. Resignifican la ausencia, el dolor, los espacios de muerte, la muerte. Este proceso de producción comunitaria, aunque doloroso, se convierte en una forma de resistencia profundamente creativa y transformadora frente a la violencia estructural. “La praxis, en otras palabras, es el acto a través del cual se crea un medio sensible en el que la vida, el ser natural, se da un mundo, y de ese modo deviene, en el espaciamiento de un punto a otro de unas relaciones humanas prolongables, vita activa”.27 La praxis, la vida activa, es el nexo, la fuerza, la capacidad que posibilita con otros, la configuración de otras posibilidades, otros escenarios.
Resistencias, resignificación y transformación de la memoria
Ante esta violencia del Estado y del capital, que busca desarticular las capacidades de las fuerzas colectivas para regenerarse, reproducirse y organizarse, emerge una fuerza comunitaria resistente al aniquilamiento. Esta fuerza que desarticula “el dispositivo desaparecedor”, que impone el silencio y el terror, irrumpe con el grito exigencial: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”, “¡Fue el Estado!”, “¿Dónde están? ¡Nuestros hijos, ¿dónde están?!”, “¡No están perdidos, son desaparecidos!”, “¡El Estado calla, el pueblo grita: justicia, justicia, justicia!”, “¡No buscamos venganza, buscamos justicia!”, “¡Ni silencio ni olvido: justicia y memoria!”, “¡Hijo, escucha: tu madre está en la lucha!”. Estos clamores rompen el silencio impuesto y permiten a las familias de las víctimas volver a conectarse superando el aislamiento que derrumba las comunidades. Compartir lo padecido se torna un acto de reconfiguración de los lazos comunitarios. El intercambio de vivencias posibilita de nuevo la organización y la movilización, haciendo público lo que fue forzado a ser privado: el dolor, el miedo, pero también la esperanza. Desde esta colectividad comienzan a producirse subjetividades diferentes, que cuestionan la pavorosa normalización de la violencia e instituyen nuevas formas de significar y representar la desgarradora atmósfera de muerte. Politizar el dolor ha significado evidenciar que lo padecido por México, lejos de ser “una guerra en contra de las actividades de producción, distribución y venta de narcóticos tiene, como uno de sus objetivos principales, la destrucción y degradación de las relaciones de reciprocidad y apoyo mutuo, de colaboración y confianza que tradicionalmente se han cultivado, en condiciones siempre de gran dificultad, en los pueblos de México”.28
En este escenario de vulnerabilidad la fragilidad no es una condena, sino la apertura de un espacio para resistir y transformar la realidad. Las madres buscadoras no actúan desde la fortaleza, sino desde el dolor, el miedo, la precariedad; pero logran habitar esa fragilidad como fuente de acción y de memoria. Judith Butler recuerda que la vulnerabilidad es una condición inherente de la vida en común: estamos expuestos a los otros, y esa exposición nos hace susceptibles de sufrir daño, pero también posibilita la construcción de relaciones y formas de solidaridad. En el contexto de la desaparición forzada esta vulnerabilidad se manifiesta de manera radical, ya que las madres buscadoras enfrentan una doble precariedad: la pérdida de sus seres queridos y el riesgo constante de ser perseguidas o atacadas por buscar la justicia y la verdad. Sin embargo, es precisamente en esta vulnerabilidad donde encuentran la posibilidad de resistir y transformar su dolor en una fuerza que desafía las estructuras de violencia y olvido. Las madres ponen el cuerpo: cuerpos vulnerables que son el blanco de quienes buscan controlar y desarticular la voluntad popular; cuerpos temerosos de que su derecho de protesta se transforme en un movimiento de resistencia.29 Desde esta vulnerabilidad compartida resisten cuerpo a cuerpo, en alianza. Comprenden y enseñan con su praxis que cada vida está intrínsecamente ligada a la de los demás: el dolor y la desolación no son meras posibilidades ajenas, sino realidades que nos atraviesan a todos. Reconocen que la supervivencia y el crecimiento humano dependen de la interdependencia y del apoyo mutuo. Por eso su lucha apunta a construir un mundo en el que el desarrollo y la reproducción de la vida colectiva sean posibles; un mundo que asuma la dependencia como condición constitutiva de lo comunitario, desmontando las aspiraciones de autonomía radical que erosionan nuestro quehacer común. Las madres buscadoras resignifican su dolor al convertir el duelo por sus seres queridos en una demanda pública de justicia y memoria, rechazando la invisibilidad y el silencio impuestos por el régimen necropolítico. El dolor deja de ser una fuerza paralizante y aislante, y se convierte en un motor de solidaridad, tejiendo lazos con otras personas que comparten experiencias similares de pérdida.
Demandar justicia es también exigir otra narrativa, otra forma de contar más allá de los conteos estadísticos, que rescate la memoria en un terreno político en el que se decide cuáles vidas son reconocidas y cuáles son relegadas al olvido. Las madres buscadoras se enfrentan a un régimen que niega sistemáticamente la existencia de los desaparecidos al perpetuar su condición de cuerpos invisibles y negados. Su acción no solamente desafía esta negación, además propone una transformación de la memoria colectiva al insistir en recordar y reconocer a los desaparecidos como vidas que importan. Esta otra narración requiere el ejercicio de la imaginación, una imaginación emancipada del relato oficialista que vincula a los desaparecidos con la criminalidad y desactiva la necesidad de búsqueda, esclarecimiento y reconstrucción de lo ocurrido. Diego Pérez Pezoa señala que “la emancipación tiene que ver más con una transformación irruptiva de la partición del tiempo oficial y programado, que devuelve el tiempo de los individuos para la automodelación del cuerpo y la palabra”.30 Esta automodelación es un proceso co–creativo y co–productivo del cuerpo y la palabra, como ya advertía Casanova. Es la fuerza para gritar los nombres de los desaparecidos que se reducen a cifras en el rnpdno, es la fuerza para nombrar lo sucedido, denunciar cómplices y señalar la impunidad del Estado; es también la potencia para darle nombre a nuestra realidad y transformar estos necroespacios en espacios de alianzas. Las madres pronuncian incansablemente los nombres de sus seres queridos, exhiben sus fotografías, narran y comparten sus historias. Estos actos de nombrar son actos de resistencia ante el intento de borrarlos, son gestos que traen la ausencia a la presencia. Así, la memoria deja de ser mera evocación y se convierte en un acto político de lucha y resistencia que rehúsa suturar el pasado con la narrativa oficialista; en su lugar, abre la imaginación a una comunidad por venir, es decir, una que aún está por crearse. Nombrar y re–nombrar, contar y re–contar transforman la memoria en una herramienta política capaz de desafiar la indiferencia social y nos obligan a enfrentarnos con la cruenta realidad de miles de familias, fruto de esta violencia estructural que atenta contra la población.
Conclusiones
A lo largo de este ensayo hemos analizado el fenómeno de la desaparición forzada y las prácticas de las madres buscadoras en México desde diversos fundamentos teóricos que nos han permitido comprender cómo estas mujeres resignifican el dolor, transforman la memoria y reconstruyen formas alternativas de comunidad en medio de un régimen necropolítico que administra la vida y la muerte.
En primer lugar, señalamos que las desapariciones forzadas destruyen vidas individuales y son una herramienta sistemática para desarticular las redes comunitarias: siembran el miedo y debilitan las resistencias colectivas. En este escenario de violencia expresiva, como lo plantea Segato, las desapariciones no son un mero efecto colateral del poder, sino una manifestación deliberada de un sistema que refuerza su dominación mediante el terror y la fragmentación social. Sin embargo, en medio de la desolación, las madres buscadoras emergen como un contrapoder, desafiando las lógicas de desaparición mediante actos que interrumpen la narrativa oficial del olvido y la negación, restituyendo memoria, verdad, justicia y dignidad.
Hemos explorado también cómo estas mujeres transforman su vulnerabilidad en una praxis de resistencia. Lejos de quedar confinadas en el duelo como una experiencia privada, las madres hacen del dolor una acción pública que interpela al Estado y a la sociedad, resignificando su pérdida como un motor para el cambio. Al repetir los nombres de los desaparecidos, exhibir sus rostros y exigir justicia, rompen con la invisibilidad impuesta por el régimen necropolítico y construyen una memoria viva y performativa que no sólo recuerda, que también crea las condiciones para nuevas formas de comunidad.
Por otro lado, siguiendo a Mbembe, hemos reconocido que las madres buscadoras habitan el espacio de lo que él llama “la muerte en vida” al desafiar un régimen que convierte ciertos cuerpos en desechables y ciertas vidas en irrelevantes. Frente a esta lógica de exterminio, su praxis encarna una resistencia radical que afirma la centralidad de los cuerpos y las vidas como lugares de significado, memoria y acción. Su acto de buscar trasciende la reparación individual: es una confrontación directa con el orden que perpetúa la desaparición y la deshumanización.
Finalmente, desde la propuesta de Carlos Casanova, reflexionamos sobre cómo estas mujeres no solamente resisten, sino que también producen lo común en el acto mismo de buscar. La comunidad que se gesta entre las madres buscadoras no se fundamenta en una identidad homogénea ni en una “obra consumada”, sino en el reconocimiento mutuo de la fragilidad y la potencia de sus actos. Al compartir su vulnerabilidad y su esperanza, generan una praxis que interrumpe la lógica de acumulación de terror y muerte, proponiendo, en cambio, un espacio en el que lo humano y lo común pueden ser reimaginados y reconstruidos.
En conclusión, las madres buscadoras nos muestran que, incluso en los contextos más devastadores, ahí donde el régimen necropolítico intenta reducir las vidas humanas a despojos y romper los lazos comunitarios, es posible transformar el dolor en resistencia, la memoria en potencia creadora y la vulnerabilidad en fuerza transformadora. Su praxis, lejos de ser un ideal de comunidad o una respuesta definitiva frente a la violencia, es un espacio abierto y dinámico, en el que la acción colectiva se reinventa constantemente para enfrentar las lógicas de devastación y barbarie.
Este ensayo invita, pues, a pensar en las madres buscadoras como un ejemplo de resistencia, pero, fundamentalmente como un horizonte ético–político que nos interpela para imaginar nuevas formas de comunidad capaces de desafiar las estructuras del poder. En su lucha por la memoria y la justicia estas mujeres no nada más buscan a sus desaparecidos, también crean posibilidades de mundo y nos recuerdan que nuestra propia vulnerabilidad puede ser el punto de partida para transformar la desolación en acción y la acción en un ser–con–otros que rehaga los vínculos en medio de un mundo roto por la violencia.
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1. Dawn Marie Paley, “Los comunes de la tragedia: familiares en búsqueda de sus desaparecidos en México” en El Apantle, Revista de Estudios Comunitarios, Sociedad Comunitaria de Estudios Estratégicos, Puebla, Nº 3, primavera de 2018, pp. 113–126.
2. El Artículo 2º de la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas señala lo siguiente: “a los efectos de la presente Convención, se entenderá por ‘desaparición forzada’ el arresto, la detención, el secuestro o cualquier otra forma de privación de libertad que sean obra de agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúan con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o del ocultamiento de la suerte o el paradero de la persona desaparecida, sustrayéndola a la protección de la ley”. Organización de las Naciones Unidas, Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas, 20/xii/2006, https://www.ohchr.org/es/instruments-mechanisms/instruments/international-convention-protection-all-persons-enforced Consultado 13/x/2025. Por otra parte, el Artículo 4º de la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, Desaparición Cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas, con su adición el 16 de julio de 2025, hace referencia expresa a la aquiescencia estatal. Cámara de Diputados, Ley General en Materia de Desaparicion Forzada de Personas, Desaparicion Cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Busqueda de Personas, 16/vii/2025, https://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/LGMDFP.pdf Consultado 13/x/2025.
3. Comisión Nacional de Búsqueda de Personas, Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, https://versionpublicarnpdno.segob.gob.mx/Dashboard/ContextoGeneral Consultado 14/ix/2024.
4. Observatorio sobre Desaparición e Impunidad en México, Informe del Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México (mndm) para el Comité contra las Desapariciones Forzadas (ced), Instituto de Investigaciones Jurídicas/Universidad Nacional Autónoma de México, 9/viii/2023, https://odim.juridicas.unam.mx/sites/default/files/informe-del-mndm-al-ced-27-febrero-2025.pdf Consultado 14/xi/2024.
5. En 2023, en una nota del periódico El Informador, se estima que en el país hay casi 44 mil cuerpos sin identificar en los Servicios Médicos Forenses. “Jalisco, segundo Estado con más cuerpos sin identificar”, El Informador, Unión Editorialista, Guadalajara, Jalisco, 5 de septiembre de 2023, https://www.
informador.mx/Desaparecidos-Jalisco-segundo-Estado-con-mas-cuerpos-sin-identificar-
l202309050001.html Consultado 14/xi/2024.
6. Achille Mbembe, Necropolítica, Melusina, Santa Cruz de Tenerife, 2011, p. 19.
7. Ibidem, p. 75. Las cursivas se encuentran en el original.
8. Recordemos que el poder necropolítico no se ejerce únicamente mediante la acción directa del Estado, sino también a través de sus omisiones y aquiescencias. La desaparición forzada se configura no sólo cuando agentes estatales participan directamente en el hecho, también cuando es cometida por particulares con la autorización, apoyo o aquiescencia del Estado, esto es, cuando las autoridades, teniendo conocimiento de los hechos, omiten intervenir para impedirlos o sancionarlos. La omisión, por tanto, amplía el espectro de la responsabilidad estatal más allá de la acción directa.
9. Mbembe afirma que el poder de la “soberanía es la capacidad para definir quién tiene importancia y quién no la tiene, quién esta desprovisto de valor y puede ser fácilmente sustituible y quién no”. Ibidem, p. 46.
10. Sandra Estrada Maldonado, “Transitar la ausencia: madres que buscan a sus familiares desaparecidos” en Ana Gabriela Rincón Rubio, Velvet Romero García y Araceli Calderón Cisneros (Coords.), Feminismos, memoria y resistencia en América Latina. Tomo 2. Narrar para no olvidar: memoria y movimientos de mujeres y feministas, Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas/Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, Tuxtla Gutiérrez/San Cristóbal de Las Casas, 2022, pp. 55–80, p. 59.
11. Rita Segato, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2019, p. 21.
12. Ibidem, p. 22.
13. Dawn Marie Paley, “La guerra en México a contrapelo: contrainsurgencia ampliada versus lo popular” en El Apantle, Revista de Estudios Comunitarios, Sociedad Comunitaria de Estudios Estratégicos, Puebla, Nº 2, octubre de 2016, pp. 179–198.
14. Silvia Federici, “Feminism and politics of the commons” en Maria Hlavajova y Simon Sheikh (Eds.), Former West: Art and the Contemporary After 1989, bak, basis voor actuele kunst/The mit Press, Cambridge Massachusetts, 2016, pp. 379–390.
15. Luciana Cadahia, República de los cuidados, Herder, Barcelona, 2024.
16. Sergio Villalobos–Ruminott, “Comunismo sucio” en Nierika, Universidad Iberoamericana Ciudad de México, México, Nº 15, 2019, pp. 99–116, p. 103.
17. Carlos Casanova, Estética y producción en Karl Marx, Ediciones Metales Pesados, Santiago de Chile, 2016, p. 12. Las cursivas se encuentran en el original.
18. Ibidem, p. 11.
19. Sergio Villalobos–Ruminott, “Comunismo sucio”, p. 103.
20. Carlos Casanova, Estética y producción en Karl Marx, p. 17.
21. Ibidem, p. 24.
22. Ibidem, p. 29.
23. Carlos Casanova, Estética y producción en Karl Marx, p. 26.
24. Ibidem, p. 27. Las cursivas se encuentran en el original.
25. Carlos Casanova, Comunismo de los sentidos, una lectura de Marx, Catálogo Libros, Viña del Mar, 2017, p. 62.
26. Carlos Casanova, Estética y producción en Karl Marx, p. 28. Las cursivas se encuentran en el original.
27. Carlos Casanova, Comunismo de los sentidos…, p. 84.
28. Raquel Gutiérrez Aguilar y Dawn Marie Paley, “La transformación sustancial de la guerra y la violencia contra las mujeres en México” en dep. Deportate, esuli, profughe, Universidad de Venecia Ca’ Foscari, Venecia, Nº 30, febrero de 2016, pp. 1–12, p. 5.
29. Judith Butler, Resistencias, repensar la vulnerabilidad y repetición, Paradiso Editores, México, 2018, p. 24.
30. Diego Pérez Pezoa, Historioplastía Ensayos sobre filosofía de la historia, plasticidad y cultura contemporánea, Ediciones A89, Valdivia, Chile, 2021, p. 268.
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