La continuidad histórica del otro
frente al cambio político: uniendo la fractura de la identidad mexicana

Andrea Sofía Herrera de la Rosa

Resumen: Frente a la inminente amenaza del expansionismo norteamericano, el presente ensayo invita al lector a reflexionar sobre la marcada división en la historia de México y su efecto en la identidad del mexicano. El análisis de esta división se hace a partir de comparaciones entre las ideas de pensadores como Octavio Paz, Amadeo Bordiga y José Ortega y Gasset. Se busca primero definir lo que construye la identidad en un territorio y su gente, social y políticamente, y ahondar en el clivaje que existe entre el pueblo mexicano. Con esto se pretende generar un punto de encuentro donde la historia se mezcle con la cultura de su gente y sus pueblos.

Palabras clave: identidad latinoamericana, soberanía, continuidad histórica, cambio político.

Abstract. Against the imminent threat of North American expansionism, this essay invites the reader to reflect on the deep historical divisions in Mexican history and their impact on Mexican identity. The analysis draws on the ideas of thinkers such as Octavio Paz, Amadeo Bordiga, and José Ortega y Gasset. It first seeks to define what constitutes the identity of Mexico’s territory and its people from both political and social perspectives, while also examining the internal divisions within the Mexican population. Ultimately, it aims to identify a meeting point where history merges with the culture of the people and their communities.

Keywords: Latin American identity, sovereignty, historical continuity, political change.

Nosotros en América Latina no tenemos una identidad definida.
Hay una identidad profunda, lingüística, telúrica, si quieres,
una comunidad de sentimientos y de ideales.

Pero no hemos alcanzado todavía
nuestra verdadera identidad de pueblos.

En la medida en que sigamos siendo
manipulados y colonizados y explotados,
[…], nuestra identidad es una identidad un tanto ideal,
es un deseo de identidad pero que no está plenamente logrado.1
— Julio Cortázar

La identidad mexicana, así como su historia, se puede dividir en dos tangentes; la primera es la historia prehispánica: una identidad construida sobre el folclore maya, el imperio azteca y la gente nativa. La segunda se trata de la historia posterior, la historia de aquéllos que se independizaron. La identidad que trajo consigo el mariachi, la música y el característico pueblo que actualmente forma la civilización mexicana.

Dentro de estas dos identidades que parecen a simple vista íntimamente entrelazadas, existe un clivaje mayor, pues nosotros —los que hoy nos llamamos mexicanos— hablamos el idioma de aquéllos que nos conquistaron, vivieron y construyeron como suyo el territorio, al tiempo que los acusamos de estos hechos. Sin embargo, somos también consecuencia de ese proceso histórico, y a partir de esos retazos se ha configurado el “ser” mexicano.

La primera tangente, el pueblo originario, aislado de la ciudadanía mexicana, existe como “otro” dentro de su propio territorio, y continúa hablando la lengua de sus antepasados, pero se encuentra en una periferia política del Estado al que pertenece, a la vez que enfrenta la inminente amenaza del expansionismo estadounidense. Formar una identidad en la que el segundo no sea superior al primero bajo ninguna connotación, es decir, una identidad solidaria y unificada entre los “dos México”, es importante, pues debemos recordar que un Estado sin identidad es un Estado susceptible de ser doblegado por aquéllos que amenazan su territorio.

Es sobre este problema de identidad como el ensayo se sustenta; una identidad que sobrepasa lo existencial del individuo y se vuelve a lo esencial de una sociedad conjunta. Para evaluar este fenómeno se toma su dimensión política, pilar básico de la soberanía, que presuntamente pertenece al pueblo. Sobre este enfoque el texto intentará hilar el pensamiento de diversos filósofos en relación con la potenciación de una identidad individual para fomentar una soberanía colectiva.

Definiendo la identidad

Para poder hablar de una identidad es preciso entenderla. Así, tomo la definición de la Real Academia Española: “Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás”. Cuando se habla de rasgos, es natural que la mente los relacione con lo biológico: características visibles que nos permiten clasificar lo semejante e, igualmente, distinguir lo diferente. De este modo, se conforma una comunidad basada en afinidades y diferencias.

Sin embargo, Amadeo Bordiga menciona en Los factores de raza y nación en la teoría marxista que esta identidad basada en rasgos ha sido sustituida por el movimiento histórico y la mezcla de civilizaciones, lo que ha provocado la destitución de la idea de una identidad homogénea.2 El autor presenta la identidad como un concepto usurpado por aquéllos pertenecientes a las élites, aquéllos que se mueven por encima de los medios de producción, que además son los mismos que han sistematizado la idea de una identidad.

La identidad nacional a la que tanto se alude, convertida en una herramienta del Estado, da lugar a la formación de clases sociales. Es así como la identidad pasa de ser un elemento biológico a un elemento estructural que beneficia a aquéllos que se encuentran en la cima de la jerarquía. La identidad se vuelve puramente económica, y es mediante la abstracción de ésta como se controlan los medios de producción o, mejor dicho, a quienes producen. Uno ya no se define por el color de su piel, pero tampoco por lo que escucha ni por el lugar donde creció; sólo es.

Visto únicamente por su fuerza de trabajo, el sujeto, despojado de cualquier otra identidad que no sea la de su función, se pierde dentro de un sistema del cual no es dueño —ni de lo que produce ni, muchas veces, de la conciencia de su lugar en él—. El “ser” se convierte en un combustible para alimentar la máquina del gobierno. Desarraigado de su historia, de su cultura y de su comunidad, queda apenas la cáscara del hombre: uno más con el paisaje. La comunidad se disuelve y se transforma en lo que José Ortega y Gasset describe como “masa”, sugestionada para someterse a la voluntad de un Estado ajeno, a aquéllos que amenazan en el exterior.3

Este caso es visible en la situación actual de nuestro país, que enfrenta una intervención norteamericana no sólo en el campo de la política, sino en el de nuestro territorio, como lo es el fenómeno de la gentrificación. Nuestra cultura se ha ido deformando de manera servil, favoreciendo a quienes vienen del exterior y que en sus tierras predican un discurso de rechazo y exclusión del mexicano. Los restaurantes ofrecen un menú bilingüe, uno en nuestro idioma y otro en el del invasor; la vieja cantina heredada por generaciones se vende para dar paso a proyectos que imitan negocios al otro lado de la frontera; la entrada de pueblos como Xoco será bloqueada por centros comerciales que venderán marcas extranjeras, capaces de ofrecer un par de calcetas al precio de cinco salarios mínimos.

Esta dispersión nos aleja de nuestra tierra, de nuestra gente, de la cultura que decimos enaltecer y del pasado que, contradictoriamente, condenamos. Mientras celebramos y adoptamos las tendencias del extranjero —su idioma, su cultura—, ignoramos a quienes aún habitan nuestras tierras originarias, quienes han resistido una historia que los amedrenta. No nos molestamos en aprender sus lenguas ni en entender sus cosmovisiones; coexistimos con ellos, pero en paralelo. Este enaltecimiento de lo ajeno nos aleja de lo propio. En el afán de pertenecer a una cultura global olvidamos la nuestra, contribuyendo a una cultura de masas universalizada, plana, sin alma. Se construye así un lenguaje estandarizado, sin cadencia ni identidad, un idioma funcional que borra las diferencias, diluyendo a los sujetos en una homogeneidad sin matices.

Sobre este punto los autores aquí revisados concuerdan. Tanto Bordiga como Ortega y Gasset, incluso Octavio Paz, evidencian que el lenguaje está por encima de cualquier estructura o sistema y que éste enmarca la identidad. A través de él existe la continuidad, la que habilita la comunicación tanto dentro como fuera del sistema —como ocurre con los pachucos, mencionados por Paz— y que sirve como una evolución de la cultura, pero también como una manifestación. Es decir “aquí estoy”, que provoca un puente de conexión entre los seres. Incluso la deformación del lenguaje mismo puede ser la marca de esta individualidad.

Ese puente es el que debemos reconstruir en México: un puente que nos unifique a través del lenguaje y el entendimiento de una cultura compartida. Pero ésa no puede ser la solución final. El lenguaje, como todo, también carga historia, y esa historia debe ser recordada. Es ahí donde nace el debate alrededor de nuestra identidad. ¿Cómo recordamos? ¿Es acaso una herida aún abierta? ¿O un pasado tan distante que ya no nos afecta? Aquí yace la llave a nuestra separación, o a nuestra unión.

Los hijos de la Chingada

“La Chingada es la madre que ha sufrido, metafórica o realmente, la acción corrosiva e infamante implícita en el verbo que le da nombre”.4 Octavio Paz ahonda en El laberinto de la soledad cómo el mexicano usa exhaustivamente el verbo “chingar” con mil y un connotaciones, emociones y contextos, pero sobre todo el de la agresión; es una violencia innegable que caracteriza el sentir del mexicano. En nuestra música tradicional gritamos extasiados, pero a la vez adoloridos. Vive en el mexicano una concepción de una historia arrebatada. Su madre patria es —como lo describe Paz— “la chingada”. Esta agresión deja una marca indeleble en la historia: una ruptura entre el antes y el ahora, una herida que acongoja y perpetúa la sensación de ser visto desde abajo, atrapado en un legado que oprime.

Es así como dentro de este sistema que ha sido implementado en la era moderna y global por el imperio norteamericano se impone otro, basado en la producción capitalista de la fuerza de trabajo, y que se remonta incluso a la época de Hernán Cortés. Se trata de estructuras heredadas de los sistemas de castas, diseñadas para dividir y controlar. En este orden, el sujeto es condicionado a mirar hacia abajo como única vía para escalar, en un intento vano por avanzar o, peor aún, por renegar de una historia que, incluso si no la comprende, carga consigo día tras día. Dentro de este principio de orfandad latente en nuestra cultura —o, más precisamente, en la búsqueda constante de una identidad— es donde la fractura se perpetúa. Nos asumimos como “hijos de la Malinche”, y su figura adquiere un valor profundamente simbólico: la representación de una herencia usurpada por los españoles.

Sin embargo, nos negamos originarios o nativos; existimos en la periferia del otro, o más bien hacemos que el otro exista en nuestra periferia. Lo ha hecho el gobierno de México al alejarse de cualquier involucramiento político, mientras que en su discurso acusa a la Corona española y le exige disculpas al rey.5

Se cree que, frente a una historia nula, estamos solos. El pasado ya no existe y no es nuestra responsabilidad sobrellevarlo. No miramos al indígena como un hermano, sino como alguien ajeno; sucede igual frente al español. Como lo ha expresado Paz, no existe una identidad definida del mexicano: “El mexicano y la mexicanidad se definen como ruptura y negación. Y, asimismo, como búsqueda, como voluntad por trascender ese estado de exilio. En suma, como viva conciencia de la soledad, histórica y personal”.6

Esta soledad vuelve a dividir al pueblo en dos ramas. Hay un pueblo que, dentro de su privilegio, al estar en el centro de la política encuentra inútil o agobiante involucrarse con lo que le rodea; es decir, buscar una conexión con las raíces de su gente y de su tierra lo apenumbra, y prefiere consumir noticias sin fondo, contenido que lo aleje de todo. Pero incluso en esta aflicción y con su nula identidad surge frustración. No busca reconocerse en el otro ni enaltecerse a través del encuentro, sino reducir al otro a su mismo nivel de apatía. De ahí surge este término tan actual —y tan revelador— del valemadrismo, que dialoga con la figura del hombre–masa descrita por Ortega y Gasset: una antipatía contra el sistema sin un verdadero deseo de transformarlo, una aceptación agresiva —aunque no siempre violenta— de la insatisfacción que deja la orfandad identitaria.

La segunda vertiente de esta soledad también desemboca en la frustración, pero toma el camino del levantamiento. Es el caso de quienes no tienen el privilegio de ser apáticos ante aquello que los margina y somete. Tal es el ejemplo de los zapatistas en Chiapas: un movimiento que, desde la periferia a la que el Estado ha relegado a los pueblos indígenas, se constituye como una fuerza alterna para su gente. Su autonomía representa una forma de resistencia al gobierno central, una afirmación de su derecho a existir y ser reconocidos. No obstante, incluso en esta búsqueda legítima por reivindicar su identidad nacional, persiste una rebeldía que revela —y profundiza— la fractura que nos atraviesa como país.

Así, se reconoce la estigmatización del México indígena en la siguiente cita del Subcomandante Marcos: “En México, el sistema social entero se funda sobre la injusticia en sus relaciones con los indios. Lo peor que le puede suceder a un ser humano es ser indio, con toda su carga de humillación, de hambre y de miseria”.7

El problema de nuestra identidad yace en nuestra carencia de continuidad. Nuestras acciones se traducen en una respuesta de rebeldía ante el privilegio del que se nos ha privado: la continuidad histórica, es decir, saber de dónde se viene para entender a dónde se va. Así lo expuso Dupont–White en 1860, recuperado por Ortega y Gasset: “La continuité est un droit de I’homme: elle est un hommage à tout ce qui le distingue de la bête”.8

Tomemos como ejemplo el caso de Cataluña, una región que ha contado con el privilegio de haber conservado cierta continuidad histórica. Frente a los conflictos que ha enfrentado con el Estado español, ha tenido la posibilidad de reconocerse desde su propia narrativa, de desarrollarse en un sistema que permitió el florecimiento de su identidad y, con ello, la construcción de una cohesión social que sostiene su continuidad hasta el presente. El catalán se sabe catalán: habla su lengua, conoce su historia y enaltece su cultura, porque lo hace desde una posición reconocida dentro del Estado, no desde su margen. Se consolidaron en un marco institucional que les permitió establecerse con cierta autonomía, sin una ruptura abrupta o violenta como la que implicó la conquista en América Latina. Por ello, pueden existir reconociéndose como catalanes, incluso funcionando con un alto grado de autodeterminación. El Estado los reconoce.

Esta situación contrasta, nuevamente, con el caso del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, que también busca la autonomía de sus tierras, el reconocimiento de su historia y su integración al campo político. No pretende separarse del Estado, pero éste ha respondido con agresividad, indiferencia, incluso con episodios de brutalidad. El gobierno alimenta una narrativa de diferenciación frente al “mexicano”. Pinta a estos pueblos como parte del paisaje, pero no como parte del pueblo; son para el gobierno una simple jugada cultural al presentarlos como un espectáculo de lo que es México. La presidenta Claudia Sheinbaum puede pronunciar un discurso sobre la importancia y el valor de los pueblos originarios en nuestra cultura, mientras su propio partido impulsa proyectos que despojan a estas comunidades de sus territorios: ya sea para construir el Tren Maya, un centro comercial o una nueva fábrica, siempre en nombre del desarrollo económico y a costa de la gente.

El mexicano debe entenderse como un mosaico. No hay una verdad única o definitiva en torno a la identidad, pero sí una aproximación posible: la comprensión de nuestra condición pluricultural. No se trata de volvernos homogéneos, sino de convertirnos en un pueblo consciente de su diversidad. De aceptar nuestra historia en toda su profundidad y sanar la herida que aún supura en el centro de nuestra identidad. Esto implica quitarle el poder al gobierno que nos separa, que nos vende una narrativa de una historia irreparable e incorregible. Entender que ambos “México” somos parte de un mismo territorio; quitarnos las cadenas de un sistema que nos quiere sin identidad, como parte de una masa apática y sin raíces. Empezar a plantar las raíces de un México mixto, entendido no como dos partes de una historia, sino como una historia completa.

Conclusión

Si bien este ensayo ha sido crítico con el gobierno de México, hay que mencionar un mérito: el plan de integrar el náhuatl a las escuelas, pues supone dar un paso hacia la unión de las dos culturas presentes en el país. La identidad indígena deja de ser ajena, una vida paralela, para integrarse a nuestro aprendizaje; es tan esencial como el idioma del extranjero. No será tan práctico aprenderlo, pero es un lujo que como pueblo nos tenemos que dar, pues es humano. No debemos perder nuestra humanidad, nuestra búsqueda de entendimiento mutuo y nuestro deseo de conexión e identidad por priorizar la practicidad, lo productivo, pues esto sólo beneficia al sistema. Debemos existir dentro del flujo en el que vivimos, sí, pero también construir dentro de él. Que nuestra reacción de rebeldía no sea la que agravie al prójimo, sino la que construya un puente entre los dos; no ser simplemente piezas de la máquina: ser voz, mirar al que nos mira y entender al que nos entiende.

Entendamos, asimismo, que el lenguaje es el código que transporta el mensaje. En tiempos tan frágiles como ahora —con las amenazas intervencionistas de Estados Unidos, la deportación masiva de latinos y los casos de desaparecidos (como el de Teuchitlán en Jalisco)—, es importante gritar como hermanos, unidos, y comprender por lo que el otro lucha. Entender que en esta lucha estamos juntos, que somos dos lados destinados a encontrarse, unirse y celebrarse.

El lenguaje debe subsistir al sistema. Hay que expresarlo fuera de éste, no en su beneficio. La manera de sustentar su continuidad es por medio del arte, el cine, la pintura, la literatura. Comunicar un legado que pueda ser transmitido y que quiera ser entendido. El lenguaje es la conexión, pero también la individualidad que resalta; éste debe llegar a la integración diáfana de nuestra identidad como cultura, como Estado y como cuerpo. Entender que de este lenguaje viene nuestra voz, la del pueblo y la del individuo.

Hay un camino de unión entre las dos vertientes que tanto se han mencionado. Debemos darle prioridad a nuestro México, no a las tendencias o la identidad del extranjero. Hagamos el centro de nuestra atención la cultura que nos envuelve. Aprendamos el lenguaje de nuestros hermanos, compañeros de historia y tierra. Uno debe darse cuenta de que en esta unión —esta verdadera identidad nacional— es donde recae nuestra verdadera soberanía más allá de lo que el Estado refiere. Al vernos a la cara y abrazar nuestra historia, el único paso natural es el cambio, la evolución del pueblo.

Referencias

Bordiga, Amadeo, The Factors of Race and Nation in Marxist Theory, Il Programma Comunista, 1953.

Camhaji, Elías, “López Obrador insiste en que España pida disculpas por la conquista: ‘Ayudaría mucho a ambos pueblos’”, El País, 15 de mayo de 2024,
https://elpais.com/mexico/2024-05-15/lopez-obrador-insiste-en-que-espana-pida-
disculpas-por-la-conquista-ayudaria-mucho-a-ambos-pueblos.html

Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, Madrid, Revista de Occidente, 1951.

Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura Económica, 1950.

  1. 1 Julio Cortázar, Entrevista realizada por Orlando Castellanos, La Habana, 14 de enero de 1978.

  2. 2 Amadeo Bordiga, The Factors of Race and Nation in Marxist Theory, Il Programma Comunista, 1953.

  3. 3 José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Madrid, Revista de Occidente, 1951.

  4. 4 Octavio Paz, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 1950.

  5. 5 Referencia a la carta enviada por el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador al rey Felipe vi en marzo de 2019. Elías Camhaji, “López Obrador, sobre la exclusión del Rey: ‘Se debe de contar la historia de otra manera y hacer a un lado la prepotencia’”, https://elpais.com/mexico/2024-09-25/lopez-obrador-sobre-la-exclusion-del-rey-se-debe-de-contar-la-historia-de-otra-manera-y-hacer-a-un-lado-la-prepotencia.html

  6. 6 Octavio Paz, El laberinto de la soledad.

  7. 7 Subcomandante Marcos, Entrevista por periodistas de L’Unità, San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, 4 de enero de 1994.

  8. 8 José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Madrid: Revista de Occidente, “Prólogo para franceses”, Recuperado de https://ciudadseva.com/texto/la-rebelion-de-las-masas/