La Colmena

Mauricio Noriega Monarrez

En unos cuantos años hacia el futuro…

Los rayos del sol se colaron por las persianas en la pequeña habitación, un acogedor cuarto de cuatro por cuatro. En el centro de la récamara una cama individual servía como el refugio de sueños para un hombre joven. La alarma sonó en el despertador, marcando las siete de la mañana. Sin ánimos de levantarse, el joven le indicó al reloj que cesara el ataque auditivo. Con mucho esfuerzo y poco entusiasmo se puso de pie junto a la cama para alistarse. El reloj continuó con la marcha hasta las 7:30. El hombre caminó fuera del departamento, uniformado con una chaqueta café, camisa blanca, barba recortada, por debajo unos pantalones de mezclilla azules y zapatos negros.

Bajó las escaleras del edificio amarillo, roído por el tiempo, para tomar el autobús con destino al trabajo. Las calles agrietadas y los hoyos en el pavimento no le permitieron recargar la cabeza en la ventana del camión, en su lugar observó el entorno; imágenes pasaban a gran velocidad a través de un marco de plástico manchado. El transporte avanzó por las avenidas hasta que se detuvo frente un enorme edificio con un gran letrero: “Editorial Delfos”.

El hombre descendió del camión y entró al gigante de concreto. Al cruzar la recepción mostró su identificación al guardia para entrar al ascensor. “José Miguel Partida, Alimentador” se leía en su gafete. El guardia le dio acceso para cruzar el filtro y entrar en el elevador. Presionó el botón para ir al piso tres. El interior de la oficina era un lugar carente de vida, muros grises, escritorios individuales uno detrás del otro, cada lugar ocupado por personas con el mismo rostro que él.

Miguel avanzó por el estrecho pasillo hasta que llegó a su escritorio, encendió la computadora y se conectó para comenzar su día. Ingresó a su correo electrónico; entre las múltiples carpetas accedió a aquélla con nombre “Sin clasificar”. Dentro observó los cientos de correos sin leer con archivos por revisar, dio un pequeño suspiro y comenzó a descargar los archivos de cada correo.

Su trabajo era simple, alimentar, y ¿qué debía alimentar? A la Colmena, la inteligencia artificial estrella en la editorial Delfos, la única editorial en todo México con el suficiente capital para poder pagar la licencia de uso. Cada uno de los archivos descargados contenían artículos periodísticos, notas publicitarias, ensayos literarios, poemas y una infinidad de textos enviados por aspirantes a la editorial, los cuales debía ingresar a la ia para entrenarla.

Su oficio no consistía únicamente en ingresar los textos, también debía clasificarlos. El uso de la Colmena por parte de los alimentadores es limitado a ciertas funciones, ingresar el alimento y recibir la calificación de los textos. Graduado de cero a cien, era labor de Miguel ingresar los textos y clasificarlos con base en el resultado de la Colmena. Aquellos textos con calificación menor a 80 sólo funcionaban como aperitivos para la ia, terminaban siendo simples textos para mantener actualizado el modelo, pues no presentan ninguna innovación en cuestión de estilo, temas, creatividad o nada en especial, simples aperitivos. Muy pocos textos, y muy pocos en serio, superaban los 80 puntos, la frecuencia era tan baja que podían tardar meses en clasificar un texto, y aún más raro era encontrar un alimento estrella para la Colmena.

Durante la jornada de este día Miguel alimentó con varios textos; ninguno llamó especialmente su atención, y tampoco de la Colmena, la mayoría de los trabajos obtenía 50 puntos de calificación, ver un 60 o mayor era raro, pero Miguel ya estaba acostumbrado. Logró perfeccionar un estado de insensibilización en el que no le afectaba ingresar e ingresar textos sólo para verlos rechazados.

Aunque esto no siempre fue así. Miguel había olvidado una época en la que leía él mismo los archivos antes de ingresarlos a la ia, varias veces encontró trabajos que le parecían muy interesantes, textos que le transmitían emociones, que lo conmovían y lo inspiraban, sin embargo, la Colmena los rechazaba rotundamente. Cuando intentó hablar con sus superiores sobre trabajos que le parecían valiosos lo único que escuchaba como respuesta era “¿Qué calificación obtuvo?” y la conversación terminaba cuando escuchaban el resultado.

Años de esta dinámica hicieron que se diera por vencido en su lucha, iniciar una revolución no valía el perder su trabajo y quedarse sin pagar la renta de su departamento, a pesar de que en el fondo de su alma deseaba poder hacer algo al respecto.

Ese día, mientras estaba ingresando otros textos, recibió una llamada que lo sacó de su inmersiva rutina.

—¿Miguel? Buenos días. Oye, llegó la nueva creativa, necesitamos que realices el recorrido de bienvenida con ella, ¿de acuerdo?

—Buenos días. Sí, está bien. ¿Dónde está? —preguntó Miguel con poco interés.

—En la recepción, sus documentos están en la sala de entrevista. Después del recorrido llévala ahí por favor —Miguel alejó el teléfono de su boca y suspiró.

—Sin problemas, en un momento bajo —colgó la llamada.

“Hace mucho que no recibimos un nuevo creativo”, pensaba Miguel mientras bajaba por el ascensor. Cuando llegó a la recepción vio a una joven mujer, debería de tener entre 20 y 22 años. Cabello castaño suelto hasta los hombros, de piel morena y baja estatura. Llevaba unos pantalones de mezclilla, playera negra y lentes. Sobre su hombro colgaba una tote bag beige.

—Hola, buenos días —dijo Miguel mientras se acercaba a la joven.

—Buen día, ¿tú eres Miguel? —asintió el caballero con la cabeza mientras le extendía la mano para estrechar la suya.

—Tú eres…

—Valentina, Mejía —dijo sonriendo, y el hombre le respondió de la misma forma, después le indicó el camino para dirigirse hacia el ascensor.

Miguel volvió a mostrar su credencial para entrar a las oficinas, Valentina pasó primero el filtro con su gafete de “Visitante”, por detrás del hombre. Ambos entraron al elevador y se dirigieron a su primera parada, el piso uno.

Valentina salió primero, fuera del pequeño ascensor de metal caminaron por el pasillo que los llevó a la gran sala. Una habitación enorme con piso plateado, privado de cualquier ventana, se iluminaba a través de grandes paneles de luz colgando del techo. Bajo los rayos de esta luz artificial se encontraban filas y filas, de aproximadamente 15 personas, en escritorios pequeños con computadoras.

El sonido en la sala era hipnótico, decenas de personas totalmente diferentes unas de otras tecleaban incesantemente llenando documentos blancos. Todas estas personas conforman el equipo creativo de la editorial.

—Éste es nuestro departamento creativo, me parece que tú serás parte de todos ellos, Valentina —dijo Miguel mientras ambos daban una vuelta para observar a los escritores.

—¿Todos ellos van a ser publicados? —preguntó Valentina con ingenuidad.

Sorprendido por la pregunta, Miguel respondió.

—No necesariamente, sin embargo, su trabajo es esencial para la editorial. Cada texto que escriben, cada nota periodística, cada poema, guion, cada pieza literaria que elaboran conforma la piedra angular de nuestra empresa.

—La Colmena —dijo ella con voz baja.

—Exactamente, ellos son el corazón de la empresa —dijo Miguel de forma monótona y frívola.

Valentina sonrió, o al menos lo intentó, no por felicidad sino como respuesta automática al comentario del hombre. Siguieron caminando por la sala.

—Pero si no están publicando sus escritos, ¿de qué sirve que alimenten a la Colmena? ¿La editorial no gasta más dinero manteniendo a tantos escritores?

A Miguel le pareció fascinante la curiosidad de su acompañante, por lo que le indicó que lo siguiera de vuelta al elevador. Presionó el segundo botón en el panel, se dirigían a su segunda parada, piso dos. Una vez que el ascensor llegó a su destino volvieron a entrar a una sala prácticamente idéntica a la del primer piso.

—Te presento el equipo de recolectores —dijo Miguel con un poco de alegría—, ellos son los encargados de responder las peticiones y solicitudes que recibe la editorial cada día. Cuando un periódico necesita una nota nueva, cuando una persona comienza su negocio y necesita un eslogan, cuando una revista busca publicar artículos de interés, cuando una productora necesita un guion de cine, aquí es donde llegan sus solicitudes. Los recolectores tienen permitido realizar peticiones a la Colmena para redactar cada uno de los textos y enviarlos a su respectivo cliente.

Valentina estaba sorprendida por la cantidad de personas en la sala, nadie despegaba la mirada de su computadora, no les prestaban atención ni a Miguel ni a ella.

—Cada día recibimos cientos o incluso miles de peticiones para generar textos de toda índole. Todo el mundo quiere un poco de la Colmena, y está a su acceso siempre y cuando puedan pagar el precio. Es gracias al equipo de recolectores que la editorial tiene una fuente segura y estable de ingresos.

—¿Y todo lo que escribe la Colmena se alimenta de los creativos en el primer piso?

—No solamente de ellos, también del equipo de alimentadores en el tercer piso —Miguel tomó su gafete y se lo acercó un poco para leer la leyenda “Alimentador”—. Toda persona que desee formar parte del equipo creativo puede intentarlo de forma muy fácil, llenando un formulario en internet y enviando sus obras literarias.

—Como yo… —respondió Valentina—. ¿Los alimentadores ingresan nuestros textos a la Colmena? —Miguel asintió—. ¿Y cómo deciden a quiénes considerar creativos?

El hombre se quedó inmóvil un momento, reflexionando sobre la pregunta y considerando qué podía responder.

—Vamos al cuarto piso, para realizarte unas cuantas preguntas antes de que puedas firmar tu contrato de creativa —cambió repentinamente el tema, y mientras avanzaban respondió en voz baja—: Leemos sus textos y con apoyo de la Colmena filtramos aquellos aspirantes que podrían pertenecer a la editorial.

La respuesta no dejó satisfecha a Valentina, pero entendió que era un tema difícil de tratar y que no obtendría muchas explicaciones. Cuando llegaron al cuarto piso se dirigieron a una sala con una mesa redonda y algunas sillas alrededor. Frente a una de las sillas se encontraba una carpeta con una cinta y el nombre “Valentina” impreso en ella.

Miguel le indicó a la mujer que se sentara frente a él, mientras tomaba la silla y se sentaba para leer el contenido de la carpeta. Dentro de ella se encontró una copia de la novela con la que participó Valentina, seguido de una hoja con el formato de Delfos. En la esquina superior derecha del trozo de papel yacía la calificación “96/100”, un alimento estrella.

El hombre quedó boquiabierto un momento, no estaba frente a cualquier creativa, no era alguien del primer piso, ella sería publicada con su nombre, bajo el sello editorial. Pocos libros publicados por la editorial tenían esta característica, la mayoría de los libros que se generan dentro de la editorial no tienen un autor más que la propia corporación. Sólo un aspirante con calificación superior a 95 podría tener un libro publicado con su nombre.

—Esto es increíble, Valentina —apenas podía hablar el hombre—, muchas, muchas felicidades. Debes sentirte muy orgullosa de ser publicada.

—¡¿En verdad?! —la mujer también estaba sorprendida, no entendía del todo bien, pero Miguel sonrió, por primera vez de forma sincera—. No entiendo, pensé que no publicaban a los creativos.

—¿Los creativos del primer piso? No, la Colmena los aprobó, pero no lograron una calificación tan alta como la tuya, tienen un contrato de creativo diferente al tuyo, reciben un salario mensual y trabajan escribiendo obras, pero siguen aspirando ser publicados como tú, a tener una calificación como la tuya.

—Entonces ¿la editorial publicará mi libro? —Miguel regresó a la realidad ante esa pregunta.

—Sí, la editorial Delfos pondrá a tu disposición una computadora aquí, en el cuarto piso, para que puedas venir a utilizar la Colmena y terminar de escribir tu libro —Valentina frunció el ceño, confundida.

—¿No publicarán lo que envié?

—No, bueno, sí, pero debes nutrirlo con la Colmena. Los estándares de publicación de nuestra editorial así lo requieren, viene en el contrato —Miguel hojeó los papeles, buscándolo.

—Pero, no entiendo, se supone que les gustó lo que yo escribí, ¿no es así?

—Claro, y es un orgullo que deberías de sentir, es simple protocolo, ¿sabes? Cualquier persona que escribe sabe que tener una publicación en la editorial Delfos es una garantía de éxito.

—Yo ya publicaba cosas en internet, y mucha gente apoya lo que yo escribo, no lo que la ia escribe —el cuestionamiento perturbó un poco a Miguel.

—Yo entiendo que pueda ser un poco difícil apreciar el apoyo de la Colmena para producir obras literarias únicas, pero puedes verla como una herramienta que te ayudará a hacer tu obra mucho más rápido y mejor. Además… —con un tono más sombrío Miguel dijo— es requisito para publicarlo, no podemos hacer algo diferente.

Valentina se quedó callada un momento, reflexionando, pensando en todo el apoyo que recibió en las redes sociales por sus escritos. Le echó una mirada al contrato para ver los beneficios que obtendría, la oferta era demasiado atractiva, un jugoso pago inicial, doce pagos mensuales a partir de la fecha de firmado y un porcentaje de las regalías. Ser artista independiente en estos tiempos jamás le podría dar tal estabilidad económica, sólo tenía que entregar su obra y firmar.

La mujer cerró sus ojos para pensar más a profundidad su respuesta.

—¿Qué dices? —salió de la boca de Miguel.

—Está bien, al final de cuentas el libro estará a mi nombre también, ¿cierto? —Miguel sonrió aliviado.

—Claro que sí, el reconocimiento va totalmente para ti.

—¿Y habría posibilidades de volver a ser publicada?

Miguel titubeó un segundo para responder, pero retomó la compostura y le comentó.

—Claro —Valentina sonrió aliviada— sólo debes volver a enviarnos tus escritos como aspirante.

Valentina asintió y Miguel la acompañó hasta recursos humanos, donde firmó el contrato. Se despidieron y el hombre continuó con sus labores hasta el final del día.

Una vez en su casa se recostó sobre la cama y no pudo evitar derramar sus primeras lágrimas en mucho tiempo. Era un llanto fuerte, berreaba y se apretaba el pecho con la mano. No le mintió a Valentina al decirle que podría ser publicada, pero tampoco le dijo la verdad… una vez que su primera obra entró en la Colmena su estilo fue asimilado, ahora forma parte de ella, volver a escribir algo con ese estilo jamás podría volver a dar una calificación tan alta. Con su talento tal vez podría ser una creativa más del primer piso, luchando diariamente por volver a ser reconocida, por volver a calificar, luchando por una oportunidad más.