Metanoia | Núm. 4 | Texto literario
Vale
Sakai*

Foto: Alen_Rush, Depositphotos
* Estudiante de cuarto semestre de la Licenciatura en Psicología, Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (iteso).
Yo nací. De una niña a la que llamaron mujer y de un hombre al que llamaron niño. En una familia en la que nacieron más niñas, más niños; más niñas que en realidad eran niños, niños que obligaron a ser hombres, hombres que querían ser niños, en donde todos querían lo que no eran cuando nacieron. Nací cuando todos a mi alrededor ya estaban desangrándose; aprendí a ponerles vendas cuando bebían, entonces fue cuando nací y envejecí y les caía bien a los adultos porque yo no era una niña, sino una adulta. Nací y no ensucié nunca, mi piel absorbió la mugre sola. Se me puso un nombre, un género, una vocación, un destino femenino ancestral y divino. Al salir, ya todo estaba sucio, así que nací para limpiarlo, limpiarles las lágrimas, mis juguetes. Obedecí una vez, entonces nací obediente, serena, ejemplar, la niña que cualquier madre o padre querrían tener. Llorando nací y abrí los ojos, y vi que nadie más lloraba. Lloré una vez, nací y me suturé los lagrimales. Cuando soy obediente la gente me ama, mi madre me abraza, soy el ejemplo para los desobedientes, la meta final. Nací y noté eso, entonces obedecí a la primera. Quería seguir naciendo, naciendo todos los días, naciendo al callarme, naciendo en silencio sin molestar a los de al lado. Me volví adicta a nacer. Mi piel ya no respondía, había nacido tantas veces que se desgarró, ya no absorbía la mugre, yo ya no estaba limpia, se llenó de costras. Lloró sudor y lloró la mugre añeja, me cubrió de ácido, me destrozó la piel, agarré color otra vez. Mi piel se hizo delgada, ahora siente el cambio de clima del planeta de al lado. Cualquier dedo puede lastimarla, el sonido la aturde, todo le pica, hace lo que quiere. Ya no puedo nacer otra vez. ¿Se supone que envejezca? ¿Que sobreviva? Tuve que defenderla, y dejé de obedecer. El eco del silencio de las recién nacidas que un día fui sucumbió en mi garganta, ya no lo puedo detener. Ahora estoy vieja, débil, desangrándome como mi familia cuando nací, y sin obedecer vi al amor de varios yéndose, la flecha sobre mi cabeza con la palabra “ejemplar” me dejó también. ¿Qué soy ahora? ¿Una rebelde desobediente y grosera y vulgar y sucia y exagerada y gritona y enfadosa? ¡Sí! Para eso envejecí.